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Rosa Luxemburgo y el ecosocialismo: un amor correspondido

La naturaleza a flor de piel

Coronha de rifle Mauser, Rosa Luxemburgo, cartucho Luger 9 mm. Adriano Rampazzo.

En una reciente nota a propósito de los 150 años del nacimiento de Rosa Luxemburgo, Isabel Loureiro (2021) planteó como hipótesis que la marxista polaca puede ser caracterizada como una precursora del ecosocialismo. En sintonía, Michael Löwy (2011) supo afirmar que existe en ella una “sensibilidad naturalista”. Asimismo, son variados los movimientos populares y las organizaciones territoriales del sur global que, tanto en ámbitos rurales como urbanos, hoy recuperan su legado para enfrentar a un capitalismo voraz enemigo de la biodiversidad, la soberanía alimentaria y el buen vivir. Por lo tanto, no resulta infundado postular que la obra luxemburguista constituye un aporte sustancial para la construcción de un proyecto emancipatorio que conciba como fundamental la defensa de la naturaleza y un vínculo más armónico con ella, al momento de edificar una alternativa civilizatoria que combata y supere a la barbarie como forma predominante de existencia a nivel planetario.

Una arista que siempre ha llamado la atención en Rosa ― aunque por lo general no es destacada con la suficiente fuerza ― es el profundo amor que sentía por la naturaleza, algo que deja traslucir particularmente en epístolas intimistas, pero también de manera menos evidente en muchos de sus escritos, y que se remonta tempranamente a su pasión por la botánica, carrera que tenía la intención de estudiar y dejó de lado por sugerencia de su compañero Leo Jogiches, quien le indujo a formarse en una disciplina más “acorde” ― según él ― a la causa revolucionaria. Sin embargo, este especial interés por plantas y animales, de admiración y defensa de la vida en todas sus formas, será una constante hasta el final de sus días. Como testimonio de ello contamos con una enorme cantidad de cartas, en las que confiesa su extrema sensibilidad ante gorriones, avispas, búfalos, perros, gatas, escarabajos y garzas, pero también por flores y semillas que cultiva en su pequeño jardín y colecciona en un monumental Herbario (Luxemburgo, 2009).

Compuesto por 18 cuadernos, este Herbario es una cabal demostración de su devoción por la pluralidad de especies vegetales: hojas, pétalos, tallos y plantas de lo más variadas, muchas de ellas medicinales, se entremezclan en cada página, con una detallada información acerca de las propiedades, características y cualidades (desde la familia a la que pertenecen, hasta su nombre en latín y alemán, pasando por la época de floración y su particular fragancia). Un verdadero reservorio o banco de plantas, que sistematiza y celebra la biodiversidad, por lo que cabe incluirlo como parte de su “obra” intelectual y política.

En la historia del pensar crítico ― y de la literatura en general ― el género epistolar ha tenido una gravitación siempre mayúscula. No obstante, en numerosas ocasiones lo vertido en cartas y misivas no ha sido lo suficientemente valorado. En el caso específico de Rosa, en cantidad y calidad ellas constituyen una cantera de un enorme potencial, porque allí se combina “una curiosa mixtura de amor y política, difícil de ser encontrada en un liderazgo de sexo masculino” (Loureiro, 2011: XI). A pesar de resultar claves, por lo general el género epistolar ha sido considerado por lo general algo menor. A contrapelo, creemos que en el caso de Rosa sus cartas nos permiten adentrarnos en su faceta fresca e intimista sin dejar de estar en presencia de la revolucionaria integral que fue. Para ella, es en la vida cotidiana donde deben ponerse en práctica y experimentar las apuestas emancipatorias por las que se lucha. Pero, además, en sus epístolas percibimos a una Rosa más abierta y desembozada, genuina y trasparente en sus genialidades y angustias, sus placeres y dolores, los anhelos y frustraciones más hondas.

“Me estoy proponiendo una vez más comenzar una nueva vida”, resalta en una de ellas, enviada a Hans Diefenbach en noviembre de 1914. El contexto en el que la redacta no puede ser más pesimista: desencadenamiento de la primera guerra mundial, un partido socialdemócrata que vota a favor de los créditos destinados a solventar el intervencionismo bélico, una Internacional desgarrada por intereses nacionalistas. Sin embargo ― o quizás justamente por ello ― Rosa no pierde la esperanza. Su correspondencia puede leerse, también, como un canto a la vida en una coyuntura donde la barbarie dista de ser una posibilidad remota. A pesar de que “de repente el mundo entero se ha convertido en un manicomio”, perdura aún “espacio para el pensamiento lúcido y la acción persistente”, dirá en esa misma epístola.

(Auto)defensa de la vida en todas sus formas

Sería un error acotar la defensa de la vida por parte de Rosa a sus formas puramente humanas. Ella reivindica en buena parte de la correspondencia que elabora ― y la hace carne en su cotidianeidad amorosa ― una sensibilidad revolucionaria, que involucra también y sobre todo a los seres vivos en un sentido pleno e integral. Como en el ojo fotográfico y del cine, hay aquí un campo visual, sonoro y hasta olfativo que, desde una lectura apresurada o una mirada desatenta, se corre el riesgo que quede detrás de escena, desenfocado o fuera de un necesario encuadre senti-pensante, que requiere ir más allá del antropocentrismo hegemónico en la modernidad capitalista.

Aquellos y aquellas a las que bien cabe considerar verdaderos/as amantes de Rosa (más allá de Leo Jogiches, Kostia Zetkin u otros menos conocidos), a quienes con mayor pasión abrazó y quiso en vida, acaso tanto o más que a la causa socialista misma: aves y animales de lo más variados, pero también flores y plantas medicinales que supo cultivar en su pequeño jardín, coleccionar en su herbario o delinear entre campos y bosques como escenario de ensueño en su imaginación utópica, integrantes todos ellos de un mundo “armónico y pacífico”, donde la violencia estructural y la inseguridad de la existencia, propias del capitalismo, no fuesen la regla.

Salvando las distancias, este amor político por la naturaleza ejercitado por Rosa, tiene notables puntos de contacto con aquellas luchas contra el despojo colonial que, como educadora popular, solía reconstruir y convidar en sus clases de formación en la Escuela de partido creada en Berlín, trasladando a quienes asistían a sus clases de Historia y de Economía Política, a sociedades periféricas del sur global (ya sea pasadas o contemporáneas), en las que primaban o aún se mantenían vivas relaciones comunitarias y no regía la propiedad privada. Silvia Federici (2014) nos recuerda que, como respuesta a la expropiación territorial de los españoles, las mujeres de vastos territorios de lo que hoy es América Latina, durante los siglos XVI y XVII escaparon a las montañas y reunieron allí a las poblaciones para resistir a los invasores extranjeros, convirtiéndose en “las defensoras más devotas y acérrimas de las antiguas culturas y religiones, basadas en la adoración de los dioses de la naturaleza”.

Por ello no es azaroso que feministas como María Mies hayan recuperado la obra de Rosa Luxemburgo, para analizar la interrelación existente entre la división internacional del trabajo y la división sexual que impone el patriarcado capitalista, visibilizando las áreas y dimensiones claves del planeta, más allá del limitado horizonte de las sociedades industrializadas y de las trabajadoras domésticas de esos países. Junto a otras teóricas feministas como Claudia Werlholf y Veronika Bennholdt-Thomsen, Mies retomó el estudio de Rosa sobre el imperialismo y su reinterpretación de la acumulación originaria, para formular una analogía entre la violencia ejercida sobre el cuerpo de las mujeres y los territorios coloniales e identificar otras relaciones de producción no asalariadas (en particular, el trabajo doméstico y el trabajo de subsistencia en las colonias) que fungen de requisito y pilar fundamental para la relación de trabajo asalariado del “privilegiado” trabajador (hombre). En este marco, lejos de ser el estadio superior del capitalismo, el colonialismo constituye ― siguiendo a Rosa ― su condición necesaria y constante (Mies, 2019).

Conocidos bajo el título de Introducción a la Economía Política, los borradores de las clases impartidas por Rosa Luxemburgo en Berlín, si bien no llegaron a publicarse en vida, son una fuente por demás potente para refundar un marxismo que no reniegue de las formas comunitarias de vida social ni desestime las tramas de convivencialidad distintivas de muchos pueblos indígenas y territorios afroamericanos. Despunta en estos apuntas su vocación por reafirmar el carácter universal del comunismo agrario, presente con sus particularidades en todos los continentes y regiones en determinado momento histórico, y resistiendo de manera enconada a la acumulación por despojo aún en pleno siglo XX en diversas realidades de la periferia global. Demuestra así:

que el comunismo originario y la democracia e igualdad social a él correspondientes son la cuna del desarrollo social. Mediante esta ampliación de los horizontes del pasado prehistórico, estableció que toda la actual civilización con su propiedad privada, su dominación de clase, su dominación masculina, su Estado y su matrimonio coercitivo, es sólo una fase breve y temporaria nacida de la disolución de la sociedad comunista originaria, que a su vez será desplazada en el futuro por formas sociales superiores.

(Luxemburgo, 1972)

Y es que, de manera complementaria, en su libro La acumulación del capital, publicado en 1913, Rosa no interpreta a la acumulación originaria exclusivamente como un “momento” acotado en términos históricos (por caso, el acontecido y culminado en Inglaterra siglos atrás, que Marx describe en el conocido capítulo XXIV de El Capital), sino en tanto proceso permanente que se reimpulsa y actualiza al calor de las crisis y reestructuraciones periódicas del capitalismo como sistema planetario, en particular en zonas y territorios como los que componen América Latina y el Caribe. Por ello, además de articular la dimensión temporal (histórica o diacrónica) con la espacial (geo-política y de expansión territorial), traza un estrecho paralelismo entre aquel cercamiento de tierras analizado por Marx en Inglaterra, y la política imperialista desplegada a escala planetaria por las principales potencias a comienzos del siglo XX, que buscan desarticular aquellas formas de vida contrarias al individualismo burgués y la racionalidad instrumental capitalista, que emergen como potenciales “mercados” y “recursos naturales” exteriores, aunque plausibles de ser incorporados al proceso de saqueo y valorización.

Interseccionalidad de las luchas

Rosa Luxemburgo puede ser considerada por lo tanto una de las primeras marxistas que dota de centralidad a la cuestión ecológica y ambiental, en la medida en que hace de la defensa de la totalidad de los seres vivos, así como de la tierra, una bandera fundamental de resistencia frente a la voracidad que el capitalismo impone en su sed de acumulación y constante saqueo. Esta es una faceta poco explorada en Rosa, y cuando lo es, ancla meramente en su simpatía por la botánica, así como por ciertos animales puntuales. Sin duda que un rasgo tan original es de suma relevancia, porque pone en evidencia su profundo amor hacia la vida y su sensibilidad y angustia extrema ante toda injusticia que atente contra ella en cualquier de sus formas, pero por lo general se la desvincula de manera tajante de su proyecto socialista y de su radical humanismo. A contrapelo de estas lecturas, podríamos afirmar que su afición por la naturaleza resulta una arista indisociable de su propuesta anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial.

La naturaleza es un verdadero bálsamo para Rosa, quien reconoce en más de una epístola “la profunda afinidad” que la une a ella. Oficia de anticuerpo frente a la burocratización de la vida cotidiana en su trajinar militante tan abnegado, constituye un escudo que evita que sea deglutida por esa racionalización y desencantamiento del mundo propio del fetichismo mercantil, contrarresta a un capitalismo desquiciado que todo lo devora y convierte en puro valor de cambio cuantificable. Por eso, tal como sugiere Isabel Loureiro, “en su contacto con la naturaleza, Rosa restaura las energías perdidas en el combate político”. Recolectar hierba húmeda y fresca, acariciar hasta el cansancio a su gata Mimi, regar las flores de su pequeño jardín u oír los tiernos píos de ruiseñores y petirrojos, renueva sus fuerzas, desde la interconexión de las luchas contra un sistema de dominación múltiple que jamás parece dar respiro.

En una carta enviada a Hans Diefenbach desde la prisión de Wroclaw, en Polonia, se maravilla de la fabulosa capacidad de orientación y la memoria que tienen las avispas, a las que les prepara un tazón con todo tipo de golosinas. “Las aves muestran una inteligencia igual de misteriosa en sus migraciones, con las que me he familiarizado hace poco. Hänschen, ¡¿sabes que, en sus vuelos otoñales hacia el sur, las grandes aves como las grullas a menuda llevan a sus espaldas una carga completa de aves más pequeñas como alondras, golondrinas, reyezuelos, etcétera?!”, le comenta a su amigo. “¡Y los pequeños gorjean con alegría y conversan en sus asientos de ómnibus!… ¿Sabes que en estas migraciones otoñales a menudo sucede que las aves de rapiña (gavilanes, halcones, aguiluchos) hacen el viaje en una sola bandada junto con pequeños pájaros cantores, de los que bajo otras circunstancias normalmente se alimentarían, pero que durante este viaje está vigente una especie de tregua Dei, un armisticio general?” (Luxemburgo, 2020).

A estas hermosas cartas seguramente se le podrían agregar muchas otras, destinadas a sus amigas ― amores más duraderos e intensos que los que tendió a sostener con varones, por cierto, basados en la plena confianza, la sororidad y el afecto mutuo. Entre ellas, dos resultan imperecederas y con igual vocación distante del antropocentrismo (es decir, de una concepción propia de la modernidad colonial capitalista, que supone al ser humano, macho, blanco y burgués para más detalles, una especie superior y centro absoluto del universo, con derecho a someter e instrumentalizar a su antojo a los demás seres vivos), que nos reenvían a la perspectiva de totalidad tan defendida por Rosa, aunque en esta ocasión para ampliar la mirada e incluir, dentro de este pluriverso que habitamos, también a los animales y a la naturaleza toda. Ambas misivas son enviadas a la querida Sonia Liebknecht desde la cárcel.

En la primera de ellas, de la que vale la pena reproducir un extenso párrafo, responde a la pregunta de Soniuska acerca de qué lee entre rejas: “Ayer leí un libro sobre la desaparición de los pájaros cantores en Alemania; conforme va extendiéndose y racionalizándose, día tras días, el cultivo de los bosques, de las huertas y de las tierras, les resta las posibilidades naturales de construir sus nidos y buscarse el sustento. En efecto el cultivo racional hace desaparecer poco a poco los árboles carcomidos, las tierras de barbecho, los matorrales, las hojas secas caídas al suelo. ¡Qué pena me dio la lectura de este libro! Y no es que me interese por el canto de los pájaros por el placer que esto produce a los hombres, sino que me apena hasta el punto de humedecérseme los ojos, la sola idea de que desaparezcan así, silenciosa e inevitablemente, estas pequeñas criaturas indefensas. Esto me recuerda un libro ruso del profesor Siebert, que trata de la desaparición de los pieles rojas en la América del Norte, libro que leí viviendo en Zurich. Los pieles rojas, exactamente lo mismo que los pájaros, se ven desahuciados paulatinamente de sus dominios por el hombre civilizado y abocados a una muerte silenciosa y cruel” (Luxemburgo, 1983).

A continuación, Rosa mezcla en la misma carta la fina ironía con una confesión en la que deja traslucir un excelente estado de salud mental y anímico, a pesar de su prolongado encierro:

Pero seguramente que estoy enferma, cuando ahora experimento emociones tan vivas por todo. A veces, ¿sabe usted?, tengo también la sensación de no ser un verdadero ser humano, sino un pájaro, un animalito cualquiera que hubiese tomado forma humana. Interiormente, me siento mucho más en mi medio en un pedacito de jardín, como ahora, o en un campo, tendida sobre la hierba, rodeada de zumbidos, que en un Congreso del partido. A usted puedo decírselo, pues sé que detrás de esto no acechará una traición a la causa. Bien sabe que yo, a pesar de todo, moriré como lo espero en mi puesto: en una lucha callejera o en el presidio. Pero, en mi fuero interno, la verdad es que me siento más cerca de los petirrojos que de los compañeros.

(Luxemburgo, 1983)

La otra epístola es aquella que le escribe desde la prisión de Breslau, en vísperas de navidad el 24 de diciembre de 1917. En ella comparte el “agudo dolor” experimentado en el patio de la cárcel ante una situación en la que soldados castigan con animosidad a los búfalos que tiran unos carruajes. Uno de ellos, que sangraba,

dejaba caer su mirada tristemente. Su aspecto y sus grandes ojos, tan dulces, tenían la expresión de un no que hubiera llorado mucho, de un niño que hubiera sido severamente castigado sin saber por qué y que no sabe ya qué hacer para librarse del tormento y de la violencia brutal. Yo estaba frente a la yunta, y el animal herido me miraba; las lágrimas que asomaron a mis ojos eran sus lágrimas. No es posible estremecerse ante el sufrimiento del más querido de los hermanos más dolorosamente de lo que yo me estremecí en mi impotencia ante aquel mudo dolor ¡las vastas y jugosas praderas verdes de Rumania pérdidas para siempre! Allí brillaba el sol, soplaba el viento, cantaban los pájaros de modo muy distinto, y la melodiosa llamada del pastor sonaba a lo lejos. Aquí la horrible calle, el establo asfixiante, el heno mezclado con paja podrida, y, sobre todo, estos feroces hombres desconocidos, y los golpes, la sangre que mana de la abierta herida… ¡Oh, mi pobre búfalo, mi pobrecito y querido hermano! Henos aquí a los dos, a ti y a mí, impotentes y silenciosos, unidos por el dolor, la impotencia y la nostalgia.

(Luxemburgo, 1946)

Se lamenta Rosa en esta carta tan conmovedora.

Podríamos por tanto afirmar que Rosa es un cabal ejemplo de una intelectual orgánica tal como define Antonio Gramsci a quienes articulan conocimiento y transformación de la realidad desde una praxis colectiva y emancipatoria, aunque en su caso lo orgánico remite también a la biomimesis, es decir, al respeto del funcionamiento de los ecosistemas, de manera tal de adaptarnos y empatizar con ellos desde un vínculo estrecho y constante (de relación no violenta con los seres vivos, cual oruga, como desliza en una carta donde describe con admiración esa capacidad que tienen las larvas para escapar de la detección de depredadores). Su perfil y horizonte se encuentra, por tanto, en las antípodas de la obediencia ante la maquinaria partidaria socialdemócrata (más parecida a un burocrático paquete tecnológico, transgénico o artificial, predominante en los agronegocios, que a una organización propicia para la liberación integral).1

Sospechamos que Rosa, por su profundo conocimiento de la botánica y la biología en general, era consciente de que las relaciones ecológicas “nos hablan de un mundo de conexiones mucho más complejas e inaprensibles de lo que pudiéramos suponer a simple vista. Relaciones tan complejas que acaban tejiendo una red única de seres vivos en la que todo está relacionado con todo”, por lo cual son las comunidades ecológicas ― entendidas como relaciones mutuas y simbióticas entre los seres vivos que las conforman ― las que permiten la continuidad de la vida en la Tierra (Mancuso, 2019).

Ecosocialismo o barbarie

Diversas intelectuales y activistas contemporáneas emparentadas con el ecofeminismo, han llamado la atención sobre la necesidad de volver a partir de la relación con la naturaleza, en el análisis político y la crítica al sistema patriarcal y capitalista. Vandana Shiva (1997), por ejemplo, ha hecho visible los estrechos vínculos entre la opresión del patriarcado, la violencia hacia las mujeres y la destrucción constante de la naturaleza en nombre del “progreso”, al tiempo que Silvia Federici (2010) considera que “hoy en día, con la perspectiva de un nuevo proceso de acumulación primitiva, la mujer supone la fuerza de oposición principal en el proceso de mercantilización total de la naturaleza”. Por su parte, María Rosa Dalla Costa (2009) ha sugerido que es imprescindible construir una propuesta política teniendo como columna vertebral “el respeto por los equilibrios fundamentales de la naturaleza, de la voluntad de conservar ante todo los poderes autogeneradores/reproductores, del respeto y del amor por todos los seres vivos”.

Resulta indudable la conexión de estos planteos con los precursores ― y por ello mismo, por lo general incomprendidos ― esbozados por Rosa Luxemburgo. En un escrito titulado “Navidad en el asilo de la noche”, publicado en los albores de la primera guerra mundial, da cuenta de la muerte de decenas de personas marginadas, producto de un bacilo desconocido o bien de un probable envenenamiento masivo en vísperas de la noche buena en Berlín. Con una prosa inigualable, Rosa desmenuza las causas más profundas de un hecho tan horroroso, y concluye que el verdadero virus que engendra este tipo de flagelos no es otro que la sociedad capitalista.

Más allá del tiempo transcurrido, el enemigo invisible parece seguir siendo el mismo, aunque con ropajes más sofisticados y destructivos. La proliferación de los desmontes, la desarticulación de hábitats de cientos de especies silvestres, la alteración sustancial del clima y la imposición global de los agronegocios, con las megafactorías y cría industrial de animales en las que millones de seres vivos son producidos como mercancía en un contexto de hacinamiento, uso indiscriminado de antibióticos y sufrimiento extremo, tiene como contracara necesaria no solo una evidente debacle socioambiental de dimensiones geológicas, sino la multiplicación de zoonosis, enfermedades y numerosas cepas patógenas que se irradian a escala planetaria, tal como ha ocurrido con el covid-19.

Releer la obra de Rosa Luxemburgo desde el prisma del ecosocialismo, en plena crisis civilizatoria y a pasitos nomás del abismo, constituye un ejercicio imprescindible para continuar pensando, en palabras de Diamela Eltit, los trazos inagotables entre cuerpo, historia y tiempo (Luxemburgo, 2020). Y a la vez, para sin desestimar aquellas “imágenes del infierno” que de acuerdo a la revolucionaria polaca se palpan a diario, no dejar de apostar por un optimismo de la voluntad acorde a los desafíos que nos deparan estos instantes de peligro, donde “atreverse a admirar el mundo y apreciar su belleza” es más urgente que nunca, y la “embriaguez de las ganas de vivir” se torna el mejor ― y acaso el único ― de los anticuerpos posible.