Revista Rosa

Volume 3

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Las elecciones ecuatorianas del 2021 y el derrumbe de la narrativa correísta

Sujetxs nuevxs, Oswaldo Terreros

El Ecuador, pequeño país andino de 17 millones de habitantes, no se encuentra muy a menudo bajo los proyectores de la actualidad internacional. Sin embargo, tanto la inserción de su trayectoria político-estatal en la “marea rosa” de gobiernos progresistas latinoamericanos bajo los mandatos de Rafael Correa entre 2007 y 2017 como el dinamismo cíclico de sus luchas sociales, y en particular de las movilizaciones del poderoso movimiento indígena reagrupado en las filas de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), ha logrado esporádicamente atraer la atención de la opinión publica progresista fuera de sus fronteras. En este marco de interés intermitente limitado por un comprensible desconocimiento de las complejidades de la situación local, el proceso electoral en dos vueltas1 que debía decidir quién sería en los próximos 4 años el nuevo presidente de esta Republica equinoccial suscitó en el mundo tanta perplejidad como expectativas.

¿Podía marcar el posible regreso al poder de los adalides de la “Revolución Ciudadana” de Rafael Correa — después de la elección de Alberto Fernández en Argentina, del regreso del MAS a la presidencia en Bolivia y de las perspectivas abiertas por la liberación y exculpación de Lula en Brasil — un hito en el advenimiento de una segunda fase de dicha “marea rosa”? ¿Qué significa el surgimiento de una figura como la del candidato indígena y ecologista Yaku Pérez, con su notable resultado de cuasi 20% en la primera vuelta?2 ¿Porqué existe aparentemente tanta hostilidad entre las corrientes de izquierda alternativa, ambientalista y feminista que se reagruparon alrededor del candidato indígena y el movimiento del ex presidente Rafael Correa? ¿Era imposible un frente único de las izquierdas frente al banquero conservador Guillermo Lasso? ¿Y cómo se explica la derrota final del candidato correísta Andrés Arauz frente a Lasso mientras todas la fuerzas de centro-izquierda e izquierda juntas habían logrado en febrero una contundente mayoría en la Asamblea nacional ecuatoriana?3 Finalmente, ¿cómo se compadece esta nítida derrota con la absoluta certidumbre, hasta el último minuto, de Rafael Correa y de sus partidarios (así como de sus admiradores y aliados en el exterior) de poder reconquistar el poder en base al contraste entre su supuesto balance de diez años de promoción del bienestar social y de la soberanía nacional frente a la “traición” del ex compañero de formula y delfín político del líder de la “Revolución Ciudadana”, Lenín Moreno, y la desastrosa mediocridad del gobierno de éste en un marco de grave recesión y de manejo desastroso de la pandemia actual?

Es en realidad imposible contestar seriamente a estas preguntas sin desconstruir gran parte de los presupuestos en los que se cimientan, unos presupuestos estrechamente vinculados al monopolio del que gozó por mucho tiempo en la opinión progresista internacional la narrativa correísta sobre la realidad ecuatoriana. Es esta narrativa dominante, y el extraordinario tejido de mentiras y de media verdades sobre la que descansaba, que acaba de derrumbarse estrepitosamente con la doble sorpresa de la emergencia de Yaku Pérez y de “otra izquierda” en la primera vuelta y de la derrota final a manos de un banquero miembro de la Opus Dei, que logró sin embargo captar en la segunda vuelta los votos de millones de electores de sectores populares y medios históricamente identificados con la resistencia al neoliberalismo — y muy a menudo ex electores del mismo Rafael Correa y de su movimiento Alianza País.4

Tal vez la mejor forma de despejar este terreno de malentendidos y racionalizaciones propagandísticas es subrayar una de las más extrañas paradojas del proceso electoral que acaba de vivir el Ecuador. En el marco comparativo de la historia de las izquierdas y los movimientos progresistas en los siglos XX y XXI, nunca se ha observado el caso de unas elecciones presidenciales en las que compiten dos candidatos de izquierda, o que se declaran de izquierda, de fuerza más o menos comparable (no digo igual, pero muy comparable, y potencialemente igualados si se considera lo que las encuestas preveían en el caso que Yaku Pérez pase a la segunda vuelta), y en el que resulta que el padrino político poderoso y omnipresente de uno de los contendientes, Rafael Correa, ha mandado cuatro veces a la cárcel a su competidor, Yaku Pérez.5

Hay que entender bien el contexto de esta afirmación. No se trata de países donde reinaba o reina todavía una dictadura de partido único, como es el caso de la Unión Soviética y de China, en los que efectivamente los movimientos de izquierda autónomos o independientes que no se doblegan al Estado-partido eran o son ferozmente reprimidos. Tampoco se trata de un caso comparable al acoso y a la represión que ejercieron a finales de la Primera Guerra Mundial los socialdemócratas alemanes contra los espartaquistas de Rosa Luxemburgo, ya que eso aconteció en el marco de un ambiente insurreccionista. Por ende, en la guerra de España, el Partido Comunista Español y los agentes locales del régimen de Stalin mandaron a la cárcel, torturaron y masacraron a miles de miembros del POUM y militantes anarquistas, pero eso tampoco se produjo en el marco de una democracia liberal estabilizada y de un proceso electoral “normal”. Y por supuesto, afortunadamente, la represión ejercida contra los movimentos sociales por los gobiernos de Rafael Correa fue mucho menos feroz que en estos trágicos episodios históricos y pasó esencialmente por su control total y su manipulación del sistema judicial a fines de acallar adversarios y protestatarios. Sin embargo, insisto que en el marco de contextos política e históricamente comparables, la traducción propagandística y la perpetuación en una campaña electoral presidencial del ensañamiento de muchos años de Rafael Correa y de sus partidarios contra un luchador social como Yaku Pérez (y contra cientos de otros activistas indígenas, ecologistas, feministas o sindicalistas) es un caso único en el mundo de las izquierdas.

Muchas cosas que pasaron en estos últimos trece o catorce años en Ecuador, y las caractéristicas mismas del proceso electoral del 2021, sólo se pueden explicar en relación con este hecho emblemático que es el reflejo concentrado de una realidad mucho más amplia: en la historia de la democracia ecuatoriana a partir de su reinstauración en el 1979, el correísmo ha sido el poder político más represivo desde el mandato del derechista y amigo de Ronald Reagan León Febres Cordero (1984–1988). Incluso en términos de procesos judiciales, probablemente fue más represivo. Quien no entiende esto no puede entender lo que acaba de suceder en estas elecciones, ni despejar muchos presupuestos equivocados que subyacen detrás de la formulación ingenua de la serie de preguntas corrientes que traté de articular al inicio de este texto.

Claramente, la sorprendente paradoja que acabo de subrayar nos lleva a interrogarnos sobre la naturaleza del movimiento correísta y de la supuesta “revolución” política y social que lideró en Ecuador. La complejidad de este tema no me permitira explayarme mucho aquí sobre los rasgos definitorios del movimiento indígena ecuatoriano y de la campaña de Yaku Pérez, que no pretendo idealizar. Afortunadamente, se han publicado en las últimas semanas excelentes análisis sobre el tema en varias publicaciones asequibles en línea, e invito mis lectores a referirse a ellas así como a las otras contribuciones de este dossier de la Revista Rosa.6 Diré sólo algunas palabras sobre el tema, precisamente para evitar cualquier visión demasiado idealizada o romantica del asunto.

¿Quién es Yaku Pérez y qué expresa su avance electoral?

Primero, el lector no ecuatoriano tiene que entender que pese a sus raices étnicas y su trayectoria de luchador social, Yaku Pérez no es una figura de tipo Evo Morales. Y la razón por qué Yaku no es Evo es que en el movimiento indígena ecuatoriano, históricamente y estructuralmente, nunca ha habido un “jefe de los indios”, para decirlo en un modo un poco caricatural. El movimiento indígena en el Ecuador es bastante descentralizado, tiene una forma prácticamente confederal, con liderazgos regionales fuertes, y nunca se ha podido destacar una figura que uniera a todos bajo sua autoridad exclusiva o al menos hegemónica. Por supuesto, Yaku Pérez acaba de acumular un cierto capital político, y como me decía el antropólogo e historiador Pablo Ospina en una conversación reciente, es evidente que en el próximo congreso de la Conaie (a inicios de mayo), todo el mundo va a querer hacerse la foto al lado del candidato exitoso. Sin embargo, eso tampoco significa que manejar o canalizar las tensiones y la sensibilidades a veces divergentes de esta imponente entidad social que es la Conaie y de su expresión política compleja que es Pachakutik va a ser una meta muy fácil para Yaku Pérez.

De hecho, la campaña de Yaku fue lanzada pocos meses antes de el escrutinio y de manera un poco improvisada, en medio de fuertes tensiones internas al movimiento indígena sucesivas a los desafíos estratégicos planteados por las movilizaciones victoriosas de octubre 2019 contra las medidas de austeridad del gobierno de Lenín Moreno, y también relacionados con la actitud a adoptar frente al correísmo. Desde mi punto de vista, hubo errores tácticos en la campaña de Yaku, debilidades en la consistencia de su equipo y cierto personalismo del mismo candidato, así como deficiencias a veces vistosas en la elaboración de su plataforma programática y falta de consulta con sectores sociales y profesionales que hubieran podido aportar elementos valiosos en el marco de una construcción más colectiva y más deliberativa. También hubo un manejo político y comunicacional discutible del tema del posible fraude electoral que impidió a Yaku Pérez pasar a la segunda vuelta.7 Eso dicho, no quedaba ninguna duda de que, en el escenario político ecuatoriano, Pachakutik y su candidato, además de expresar la diversidad etnocultural del Ecuador, eran la fuerza más democrática, más progresista, más ecologista e incluso más avanzada en términos de igualdad de género, etc.

Un aspecto interesante de la campaña de Yaku Pérez es que, pese a que el candidato presidencial indígena representaba un movimiento político que existe desde hace 25 años y una realidad social con 500 años de historia, su capacidad de convocar mucho más allá del mundo indígena (que representa alrededor de 7% de la población del Ecuador, aunque el sentido preciso de esta cifra debe ser tomado con cierta cautela en una sociedad mestiza con fronteras etnoculturales y formas de autoidentificación fluidas y complejas), hacía el mundo juvenil y sectores de clases media urbana, expresaba el hecho que era percibido como un outsider, una persona nueva. Poseía a la vez un patrimonio de lucha desde el territorio y una reputación de honestidad personal que parecía desvincularlo completamente de la “vieja” política. Eso es un poco paradójico, porque en realidad su propuesta no era verdaderamente “nueva”, en el sentido de completamente inaudita en Ecuador o surgida de la nada, pero en cierto sentido era vista como tal. Hay que notar que fue también en parte el caso de otro candidato, el empresario Xavier Hervas, un personaje totalmente desconocido y tal vez discutible pero que revivió milagrosamente una socialdemocracia ecuatoriana moribunda con un sustancial 16% de los votos. Podemos juzgar como relativamente alentador el hecho que, en la Latinoamérica de hoy, emerjan figuras nuevas que no habían estado muy presentes en el escenario político anterior, y que por una vez estas figuras, estos outsiders, no sean unos demagogos reaccionarios o unos fascistas como Bolsonaro y otros políticos “nuevos” en el continente.

Un gran mérito del candidato Yaku Pérez es haber percibido intuitivamente, y expresado en varios aspectos de su campaña teñidos de cierta frescura “lúdica”, que el electorado ecuatoriano estaba en busca de figuras nuevas que no sean marcadas por el carácter reaccionario de la derecha tradicional representada por Guillermo Lasso, pero tampoco evoquen el pasado represivo del correísmo y sus falsas promesas.

Anatomía del correísmo

Enfoquémonos ahora precisamente en la naturaleza del movimiento vinculado a la figura avasalladora de Rafael Correa. Tal vez la mejor “entrada” a este fenómeno consiste en retomar uno de los elementos más centrales de la narrativa correísta desde el 2017. Se nos dice lo siguiente : hubo en Ecuador entre el 2007 y el 2017 un destacado gobierno progresista que representaba la gran mayoría o la casi totalidad de las fuerzas progresistas — lo que, como acabamos de ver, es bastante lejos de la verdad. Desgraciadamente, nos explican también, lo que pasó en el 2016 y 2017 es que su líder indiscutido nombró “por error”8 a un candidato presidencial, Lenín Moreno, que había sido su primer vice-presidente pero que “traicionó” sin escrúpulos el legado de la “Revolución Ciudadana”. Se trata de una narrativa totalmente falsa por la sencilla razón siguiente: cuando Moreno empezó a distanciarse de Correa por varios motivos — esencialmente por razones de sostenibilidad política y de erosión estructural del proyecto correísta —, los dos tercios de los legisladores de Alianza País (a la postre 51 de 74) se unieron al “traidor”. La misma proporción prevaleció más o menos en varios ámbitos de operación del personal político correísta (autoridades locales, etc.). Lo que refleja esta supuesta “traición” no es la perversidad idiosincrásica de un “Judas”, de un individuo aislado, sino más bien la absoluta falta de organicidad política, programática e ideológica del movimiento correísta. La única cosa que uniera sus miembros era el carisma y la autoridad del caudillo personalista y los mieles del poder, y una vez que este carisma y esta autoridad se debilitaron — incluso con un lento pero constante declive electoral que Arauz fue incapaz de contrarrestar cuatro años más tarde — y que Lenín Moreno tomo las riendas del gobierno, cientos de cuadros abandonaron sin pena ni gloria el redil correísta.

No estoy diciendo que el proyecto político de Rafael Correa de por sí faltaba totalmente de consistencia ideológica y programática. Estoy diciendo que, además de sus deficiencias y contradicciones idelógico-programáticas y de sus graves errores de ejecución, el personal político en el que se apoyaba tenía en su gran mayoría un carácter “fisiológico”, para retomar un expresion del portugués brasileño extremadamente útil en este caso. Antes de profundizar este aspecto, hay que acotar que, primero, es imposible entrar aquí en el detalle del balance económico y social de la “Revolución Ciudadana”, que resulta bastante controvertido en el propio Ecuador. Las comparaciones internacionales muestran, por ejemplo, que la reducción de la pobreza y la desigualdad de la que tanto alardean los defensores de Correa fue durante el período 2007–2017 mayor o equivalente en varios vecinos sudamericanos del Ecuador con gobiernos supuestamente “neoliberales”, como Perú y Colombia. A pesar de una serie de iniciativas redistributivas encomiables pero más bien modestas, parecería que la efímera mejora de la situación social de los ecuatorianos durante la primera mitad de la década de Correa fue principalmente un reflejo del boom de las exportaciones de commodities.9

Secundo, sin ninguna duda, hay que reconocer que sí existía tal dimensión ideológico-programática en en la cupula tecnocrática del correísmo, con elementos de vision keynesiana y desarrollista y ciertas veleidades redistributivas, así como una curiosa mezcla de fascinación por el dinamismo innovador de las economías de Asia del Este, de nostalgia más decorativa que real por la épica y la simbología de las izquierdas continentales de las épocas “heroicas” (la revolución cubana, el Che, etc.), y, sobre todo, de apego a un discurso más “criollo” que yo no llamaría populista — porque no me gusta la palabra y no me parece un concepto politológico muy heuristico —, pero que sí se inscribe en una matriz ideológica que los argentinos suelen llamar “nacional-popular” (y que por supuesto tiene en el peronismo histórico una de sus expresiones continentales más emblemáticas). Sin embargo, el correísmo era el menos orgánico de todos los movimientos nacional-populares, el menos arraigado en estructuras organizativas y territoriales duraderas con fuerte nivel de adhesión de las grandes masas, el más “pegado con saliva”, como se dice vulgarmente en español, y pegado precisamente con la saliva del caudillo que hablaba y hablaba literalmente todo el tiempo y cuyo verbo intemperante y a veces completamente estrafalario o francamente reaccionario10 colonizó el espacio publico durante diez años. Eso hasta el punto de perder su seducción inicial y de producir en la gran mayoría de la población un invencible hartazgo que se manifestó de nuevo claramente en el curso de la campaña del 2021 y el resultado de las elecciones.

El carácter sumamente ambiguo, poco coherente y a veces puramente retórico de este perfil ideológico-prográmatico nos reenvía entonces a la dimensión “fisiológica” que yo mencionaba anteriormente. Se puede estimar en modo aproximativo (no pretendo ofrecer una certidumbre científica) que al menos la mitad del personal político del correísmo procedía del reciclaje de miembros de la clase político-empresarial tradicional, así como de un grupo social de adevendizos que no era ni de izquierda ni de derecha, sino que estaba ahí para lucrar o para tener acceso a redes de poder, incluso con cierta contaminación de elementos mafiosos y delincuenciales. Yo pondría la proporción de este personal político “fisiológico” a la altura de un 50% o 60%. El resto se componía por una parte de cuadros de la vieja izquierda imbuidos de concepciones muy anticuadas, autoritarias, centralistas, verticalistas e incluso cripto-estalinistas, y, por otra parte, de una capa de tecnócratas que adherian al proyecto correísta por motivos muy variados de indole ideológica, programática, pero también sentimental o incluso por vínculos familiares (Andrés Arauz es un representante típico de este último grupo.)

Con estas características, no era sorprendente que los gobiernos y el entorno de Rafael Correa, aparte de sus prácticas represivas, fuesen también sumamente corruptos. Por supuesto, Rafael Correa no inventó la corrupción en Ecuador, y de ninguna manera ha dejado de existir desde que dejó el cargo. Pero su mandato se ha caracterizado por un volumen de malversación de fondos públicos sin precedentes. Esta orgía depredadora ligada a un volumen de ingresos petroleros también sin precedentes en la historia del país fue acompañado de una estrategia de feroz intimidación y despiadada represión judicial contra cualquier persona que se atreviera a cuestionar la probidad de los círculos dirigentes del régimen. En los gobiernos anteriores (antes del 2007), a menudo cimentados en coaliciones frágiles y circunstanciales, las rivalidades entre clanes y facciones hacían que la denuncia de casos de corrupción, su exposición pública y su posible sanción judicial fueran siempre posibles, aunque con resultados concretos variables. Pero criticar o denunciar la corrupción de tal o cual ministro o funcionario de Correa era poner en duda la propia “revolución”. La estrategia del presidente consistía entonces no sólo en negar agresivamente los hechos, sino en atacar brutalmente a sus detractores con todos los recursos mediáticos y jurídicos a su alcance, en una lógica de violación sistemática de la separación de poderes y de burda manipulación de las cortes. A menudo, los futuros juicios eran anunciados por el mismo Rafael Correa en su programa televisivo sabatino Enlace Ciudadano (una especie de equivalente del ¡Alo Presidente! de Hugo Chávez) antes de que los magistrados aplicaran concienzudamente la “línea” sugerida por las “indicaciones” del primer mandatario.

Para concluir con este tema, tal vez conviene dejar la palabra a una de las figuras más respetadas de la izquierda ecuatoriana, Juan Cuvi, que fue asistente parlamentario para Alianza País en la Asamblea Constituyente del 2008. Este ex dirigente de la organización guerrillera Alfaro Vive Carajo en los anos 1980 describe como sigue los mecanismos de corrupción del régimen correísta: “Oscuros personajes, y pequeñas galladas angurrientas parapetados detrás de un discurso de izquierda, prepararon el terreno para el descomunal saqueo de fondos públicos operado durante la última década.[…] La discrecionalidad jurídica y el autoritarismo fueron las armas más eficaces para facilitar la corrupción y apuntalar la impunidad. Una vez acordada la estrategia, se montó un sistema de opacidad financiera que solo saltó a la luz pública cuando sus principales operadores tuvieron que hacerse al costado. Y cuando las arcas públicas quedaron vacías.[…] Imbuidos de un mesianismo ramplón, los funcionarios del correato se creyeron intocables. Eternos. No entienden, ni mucho menos aceptan, que sea la sociedad la que presiona porque los echen de sus cargos. Y porque, además, les exijan cuentas.”11

Las contradicciones de la comunicación correísta

Mientras que todo lo que acabo de exponer había siempre sido sistemática y agresivamente desmentido por los defensores de la narrativa correísta, el 22 de febrero del 2021, en el Noticiero 24 Horas del canal ecuatoriano Teleamazonas, Andrés Arauz hizo declaraciones autocriticas sorprendentes: “Hemos asumido muchos errores que se cometieron en el gobierno de Rafael Correa, y ojalá Pachakutik también pueda ver en nosotros una opción que realmente encuentra posibilidades de cooperación futura…”. Entre estos “errores”, citaba “la criminalización de la protesta social” y “el tema de los proyectos extractivos en nuestro país”. Admitía además que en la relación con los medios del gobierno de Alianza País, “también ahí hubo algunos excesos, creo que el ámbito administrativo no era necesario para regular los contenidos de la prensa”, aludiendo eufemísticamente a los numerosos dispositivos de amedrentamiento, censura y sanción del periodismo independiente puestos en obra por el aparato de control correísta. No habló de la corrupción, pero en su plataforma programática hacía propuestas de lucha contra la corrupción que parecían involuntariamente (¿o no?) aludir a prácticas anteriores bien conocidas de su coidearios.

La cuestión de saber si las declaraciones de Arauz eran “sinceras”, por supuesto, no tiene sentido. Lo que cuenta es su carácter sintomático y “performativo”: una vez que lo afirmaba el candidato del correísmo, eso legitimaba a posteriori todo los discursos en la misma vena de los opositores al régimen de Rafael Correa. Pero bajo los mandatos del líder de la “Revolución Ciudadana”, cada vez que un activista social o un periodista expresaba exactamente estas mismas innegables verdades, era denunciado, atacado y calumniado por el gigantesco aparato de propaganda correísta y, a veces, enjuiciado por las cortes al servicio del régimen. En septiembre de 2015, yo mismo fui atacado y amenazado — afortunadamente sin mayores consecuencias — por el presidente ecuatoriano en su programa televisivo sabatino Enlace Ciudadano (una especie de equivalente del ¡Alo Presidente! de Hugo Chávez) por haber coescrito con el antropólogo francés Didier Fassin y publicado en el diario Le Monde una tribuna crítica sobre la represión de la protesta social y el estado de las libertades cívicas en Ecuador.12

El discurso conciliador de Arauz se acentuó en vísperas de la segunda vuelta, ya que sabía que en caso de victoria, no tenía mayoría parlamentaria y necesitaba los votos de Pachakutik para hacer prosperar varias de sus iniciativas legislativas. Sin embargo, paralelamente, los guerreros digitales y las fabricas de troles correístas — que funcionan con las exactas mismas modalidades que los dispositivos equivalentes manejados por los servicios de Vladimir Putin en Rusia o las oficinas de Carlos Bolsonaro en Brasil —, seguían con su avalancha de “fake news”, de calumnias delirantes en contra de Yaku Pérez y de su pareja Manuela Picq,13 y de mensajes de injurias y amedrentamiento a activistas sociales y periodistas críticos del correísmo: “Se te acaba el tiempo”, “Mejor vayan haciendo maletas y busquen a dónde ir a vivir”, “Apenas vuelva Correa, tendrán que huir como ratas”, etc., etc.14

Pero en el 2021, a la diferencia de lo que pasaba hace diez años, cuando la sociedad civil ecuatoriana sí estaba aterrorizada por la agresividad del aparato de comunicación y de guerra digital correísta, sus operaciones de asesinato simbólico y su función de auxilio y preparación de la persecución judicial de sus adversarios indígenas, sindicalistas, ecologistas, feministas, periodistas de investigación, etc., la extralimitación de la propaganda correísta tuvo el efecto inverso de socavar el discurso supuestamente conciliador y renovador de Andrés Arauz y de resucitar el espectro del autoritarismo desbordado y de la arbitrariedad de su padrino político. En estas condiciones, para los sectores más avanzados del movimiento social y de la izquierda democrática, una convergencia progresista con Arauz en la segunda vuelta electoral se volvía imposible, lo que explica la consigna de voto nulo de Pachakutik y de la Conaie.

Una consigna que no pareció suficiente a la mayoría de la base indígena y urbana de los electores de Yaku Pérez, ya que aparentemente muchos de ellos prefirieron votar por el candidato de derecha Guillermo Lasso, quien se supone ofrecía más garantías de respeto del proceso democrático y de los derechos de las organizaciones sociales. De ahí, en modo similar a la primera vuelta, el naufragio electoral de las tropas de Correa/Arauz en la Sierra ecuatoriana, región que tiene el más denso tejido de movimientos sociales y de organizaciones progresistas de la sociedad civil. Mientras tanto, Arauz ganaba sólo en la Costa, un territorio de caciques transformistas — ex representantes de la derecha o del populismo de Abdalá Bucaram convertidos oportunistamente al correísmo — y cierta anomía popular.

En las zonas indígenas de la Sierra central, así como en muchas urbes de la región, la votación fue de 2 contra 1 a favor de Lasso. ¿Significa esto que tanto los indígenas ecuatorianos como los moradores de las ciudades andinas están seducidos y convencidos por el representante del capital financiero guayaquileño? No, pero prevaleció la memoria del caudillismo, de la represión, de la corrupción y de las falsas promesas del correísmo sobre la nostalgia del breve periodo de “goteo” o “trickle down” redistributivo — en realidad relativamente escaso y muy sobrestimado por la narrativa correísta — debido al excepcional boom petrolero que conoció el Ecuador hasta el 2013. Y en la clase media urbana progresista, además del mismo rechazo del autoritarismo, también provocó revulsión el ya mencionado “trogloditismo de género” de Rafael Correa.15

Lo que el público internacional a menudo no se da cuenta, es que hace más de quince años que los ecuatorianos nos hemos acostumbrados a este tipo de improperios surrealistas de parte del ex presidente supuestamente “progresista”: contra las mujeres, contras los gays, contra los indígenas, contra los ecologistas, contra los sindicalistas, contra los “izquierdistas infantiles”, contra los “periodistas corruptos”, en un torrente de epítetos injuriosos más o menos creativos que no tiene mucho que envidiar al estilo de Donald Trump. Y a la diferencia de Trump, Correa sí pudo en mucho mayor medida prescindir de la separación de poderes y movilizar los recursos institucionales y judiciales para traducir en prácticas punitivas algunas de sus amenazas.

La izquierda latinoamericana en su laberinto

Una de las paradojas de la situación ecuatoriana es que, pese a que las consecuencias del régimen de Rafael Correa fueron comparativamente menos represivas y mucho menos catastróficas que la trayectoria de varios de su socios de la moribunda ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) — en particular por supuesto Venezuela y Nicaragua —, la consolidación en este pequeño país andino de una izquierda alternativa a los “progresismos” clásicos surgidos al inicio del siglo XXI vuelve su caso emblemático. La sorpresiva votación de Yaku Pérez y el descubrimiento por parte de los observadores internacionales de contradicciones entre “dos izquierdas” cuya existencia a menudo no se sospechaba o se subestimaba otorgaron al “caso ecuatoriano” una dimensión paradigmática que cuestiona no sólo la narrativa de la “revolución ciudadana” de Rafael Correa, sino todo el discurso de la izquierda continental.

Por primera vez, los que quisimos desde hace tiempo poner el dedo en la llaga de las graves deficiencias — e incluso, en algunos casos, de los crímenes — de los gobiernos “progresistas” ya no nos sentimos completamente aislados y victimizados, tratados de “agentes de la CIA” o “mercenarios del Imperio” y otros epítetos pintorescos por los pequeños comisarios políticos de una izquierda cavernícola cuya hegemonía todavía se mantiene en el continente. Nos podemos ahora apoyar en los avances y el discurso de un movimiento político alternativo poderosamente anclado en los sectores populares más combativos y más legítimos de una nación latinoamericana con una historia de luchas muy digna de interés. Además, pese a su tamaño y su carácter aparentemente periférico, el Ecuador de Yaku Pérez y de Andrés Arauz está confrontado en un modo particularmente agudo y ejemplar a algunas de las problemáticas emergentes más destacadas del Sur global, como la crisis de los modelos de desarrollo extractivistas, los desafíos del colonialismo interno, las tentaciones del neo-autoritarismo y el poderío creciente de China.

En los últimos años, la concomitancia de la interminable crisis venezolana, de las desventuras de la “Revolución Ciudadana” en Ecuador y de los reveses del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño desgraciadamente no ayudó a generar respuestas creativas al reflujo de los gobiernos progresistas por parte de la izquierda latinoamericana.16 La pobreza de los debates y de las resoluciones de las 24ª y 25ª Asambleas del Foro de São Paulo (2018 y 2019), y el propio hecho que estas reuniones se celebraran en La Habana y en Caracas, contribuyeron a este repliegue ideológico, que deja poco espacio para una valoración reflexiva de las experiencias de los últimos quince o veinte años y sus retrocesos. La defensa incondicional de los regímenes de Nicolás Maduro y Daniel Ortega expresada en estas ocasiones y en muchas otras no es más que una consecuencia lógica de esta deriva.

El pretexto del “imperialismo” como justificación para cerrar filas con gobiernos criminales o impresentables demuestra una muy débil inteligencia analítica en cuanto a la nueva dinámica de dicho “Imperio”. Además de su incomprensión del nivel de desorganización estratégica de la presidencia de Trump y de las tensiones que ha desatado en el seno del establishment diplomático del Atlántico Norte, una parte de la izquierda latinoamericana sigue convencida de que su “antiimperialismo”, en gran medida retórico (hasta el 2019, el flujo petrolero nunca se cerró entre Venezuela y Estados Unidos, ya sea con Chávez o con Maduro), no deja dormir en paz a los funcionarios del Pentágono y del Departamento de Estado. En realidad, desde hace casi dos décadas, existe una relativa desvinculación de Washington con su “patio trasero”. Con la excepción parcial de México — por los problemas de la migración y del narcotráfico —, el espacio latinoamericano es hoy para Washington una preocupación que se sitúa bastante por detrás de las regiones Asia-Pacífico y Oriente Medio. Frente a la impresionante penetración económica de China, que ha desplazado a EE.UU. como principal inversionista y socio comercial de la mayoría de los países de la región, se ha producido un verdadero declive en la capacidad de proyección de potencia de Washington, cualquiera que sean las opciones ideológicas de sus vecinos del Sur: de hecho, las inversiones y la presencia chinas han aumentado en Brasil y Argentina con Temer y Macri en comparación con lo que eran con Lula/Dilma y los Kirchner, y las tentativas de Bolsonaro de desvincularse de la sombra de Beijing no parecen muy exitosas, ni encuentran mucho entusiasmo entre sus colegas militares.

Otra certidumbre autosatisfecha que goza de cierta aura de verosimilitud en la izquierda regional, pero se ve cuestionada por los eventos ecuatorianos, es la idea de una conspiración judicial internacional por parte de la derecha más reaccionaria contra los ex-presidentes progresistas sudamericanos. En un artículo muy esclarecedor publicado a finales de 2018, el director de la edición del Cono Sur de Le Monde diplomatique (una publicación claramente identificada con el campo progresista), José Natanson, desconstruyó el discurso simplificador que denuncia el “lawfare” como “una herramienta de las elites para atacar a los partidos y líderes populares, un arma exclusiva de la derecha contra la izquierda”.17 Para Natanson, los vericuetos del caso Lava Jato en Brasil demuestran, en primer lugar, que la realidad es, como mínimo, compleja: por un lado se puede juzgar la condena de Lula como extremadamente selectiva y sin sustento (como por supuesto lo han comprobado los desarrollos más recientes) sin negar que muchos jerarcas del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño conocían las tramas de corrupción vinculadas al gigante de la construcción Odebrecht o a la petrolera nacional Petrobras.

Pero por otro lado, como también señala Natanson, la oleada de grandes juicios por corrupción en América Latina en los últimos años ha afectado a mandatarios de derecha como Pedro Pablo Kuczynski en Perú y Otto Pérez Molina en Guatemala, ambos obligados a dimitir; este último incluso denunció enérgicamente “una aplicación selectiva de la justicia penal por parte de… la izquierda”. Y sobre todo, señala el director del Dipló de Buenos Aires, “si hay un país en América Latina donde la justicia funciona como una herramienta del gobierno, ese lugar es Venezuela”, ya que “la persecución judicial de opositores es más frecuente [allá] que en ningún otro país de la región”.

Esta es, por desgracia, la triste verdad. Durante la última década, ha sido la “izquierda” (o al menos los gobiernos identificados correcta o erróneamente como “izquierda”) la campeona del lawfare en América Latina. Y de este punto de vista, podríamos hacerle a Natanson una objeción menor, pero desde luego muy significativa en el marco de nuestra problemática. El arsenal represivo de la Venezuela de Nicolás Maduro incluye también un uso masivo de la violencia física, la tortura y las ejecuciones judiciales.18 Por el contrario, y en la medida en que, afortunadamente (hay que reconocerlo), Correa nunca ha caído en los excesos represivos “físicos” de sus homólogos venezolanos y nicaragüenses,19 es más bien el Ecuador de la “Revolución Ciudadana” el que mejor ha encarnado en América Latina — cualitativa y cuantitativamente — la instrumentalización y el abuso masivo y sistemático del sistema penal para perseguir, como hemos visto, a cientos de adversarios políticos, activistas sociales y periodistas de investigación.

Por eso, millones de ecuatorianos que rechazaron en las urnas el posible regreso de estas prácticas nefastas ven como particularmente obsceno el espectáculo de los esfuerzos de Rafael Correa para hacerse pasar por inocente mártir de una feroz persecución judicial, cuando casi todo el mundo en Ecuador (incluso una parte sustancial de los electores correístas) está perfectamente al tanto de la amplitud de la corrupción de la “Revolución Ciudadana”, como ya lo hemos comentado. Así que no hay que sorprenderse de que el acuerdo parlamentario progresista que Pachakutik acaba de promover en Quito con la Izquierda Democrática, aparte de las defensa de las conquistas sociales del pueblo ecuatoriano y de la lucha contra las posibles tentaciones privatizadores del gobierno entrante de Lasso, tenga como uno de sus ejes el rechazo a cualquier tentación de minimizar o exculpar los graves actos de corrupción de los gobiernos precedentes, que se trate del periodo de Lenín Moreno o de la década correísta.20

El callejón sin salida de la doble moral

Más allá de esto temas geopolíticos o judiciales, se entenderá entonces que, visto desde el Ecuador de Yaku Pérez, de Pachakutik y de los movimientos sociales que han luchado con muchos dolores y sacrificios, pero logrando el éxito final, contra el autoritarismo de Correa, la casi inquebrantable solidaridad de gran parte de la izquierda continental con Caracas, con Managua y con la difunta “Revolución Ciudadana”, así como la remoción del problema de la corrupción en las filas progresistas, luce como una perspectiva miope que subestima gravemente la crisis ideológica, estratégica y moral del campo popular latinoamericano. Marcada por la ceguera ideológica de unos y los cálculos oportunistas de otros, esta negación de la realidad evoca la reacción de incredulidad y asombro que provocó, en el 1989 y en los años siguientes, el derrumbe de los regímenes “socialistas” de Europa del Este y de buena parte de sus clientes y aliados en el Sur global. Salvo raras excepciones, como las de algunos cuadros e intelectuales de la Unidad Popular chilena que vivieron en el exilio en Alemania Oriental,21 esta serie de acontecimientos sólo provocó en la izquierda latinoamericana reacciones de autojustificación complaciente o más bien muy pobres racionalizaciones a posteriori. Para algunos, “la Unión Soviética había sido víctima de una conspiración imperialista”; para otros — a veces los mismos —, “en realidad, aquí, nunca hemos tenido nada que ver con el modelo soviético” — una maniobra de autoexculpación demasiado cómoda y bastante carente de credibilidad.

Esta política de esconder la cabeza en la arena sólo puede profundizar la confusión ética y el déficit de proyecto de la izquierda continental, erosionando su credibilidad entre los sectores populares y las clases medias asalariadas, que son su base natural. Esta aparente negación de la realidad no está exenta de cierta esquizofrenia entre lo que se dice en privado y lo que se afirma en público. En Ecuador, muchos cuadros correístas están perfectamente dispuestos a admitir discretamente entre conocidos que Rafael Correa es un autócrata narcisista y temperamental que encubrió la corrupción de muchos de sus colaboradores y se volvió completamente disfuncional para la posible renovación del propio proyecto de la “Revolución Ciudadana”. Y en muchos países, varios exponentes de las izquierdas reconocerán en conversaciones privadas que Venezuela es un desastre de magnitud sin precedente en la historia contemporánea de Latinoamérica, e incluso que la idea de que “la culpa es del Imperio” es una broma de mal gusto. Pero se rehusarán terminantemente a hacer la mínima crítica publica al gobierno de Nicolás Maduro, menos aún a las trágicas y fatales distorsiones del proceso democrático y de la racionalidad económica introducidas ya en su tiempo en Venezuela por Hugo Chávez.22

Este tipo de doble discurso más o menos asumido está mucho más extendido hoy en día de lo que se cree. Aunque probablemente sus defensores lo vivan como una mezcla de fidelidad a los símbolos históricos y de necesidad táctica, uno se puede preguntar si esta esquizofrenia moral e ideológica no tendrá consecuencias terriblemente nefastas para cualquier futuro proyecto progresista o de izquierda en América Latina. Ya vimos en Europa del Este lo que ocurre cuando una ortodoxia político-ideológica aparentemente inquebrantable coincide con niveles abismales de cinismo y oportunismo, acompañados por un silencioso y masivo colapso de la confianza popular. Como lo señalaba hace ya unos años un ex ministro de Hugo Chávez:

la gente que hoy sufre los estragos de la escasez, especulación e inflación ha llegado a la conclusión de que ‘si esta calamidad es el socialismo, mejor me quedo con el capitalismo’. Pasará mucho tiempo para que la gente sencilla del pueblo vuelva a creer en el socialismo como vía para lograr una sociedad libre de desempleo, pobreza y exclusión social. Esto ya pasó en los países del llamado socialismo del siglo XX, pero la vanguardia chavista no aprendió esa lección.23

No es sólo la gran mayoría de los ciudadanos de la República Bolivariana quienes sacan hoy estas conclusiones, sino una buena parte de la “gente sencilla del pueblo” que observan la catástrofe desde los países vecinos — y pueden también contemplar en sus propias calles el terrible espectáculo de la miseria y la desesperación de millones de venezolanos expulsados de su patria martirizada por el hambre, la violencia y la represión.24 A mayor razón tienen el derecho de indignarse del escandaloso silencio o de la “afasia”25 de la izquierda quienes vivieron bajo las mentiras de un gobierno cómplice y aliado del régimen militar-mafioso de Caracas, como fue el caso del Ecuador de Rafael Correa.

En definitiva, lo que nos sugieren las controversias que suscitaron la emergencia sorpresiva de Yaku Pérez en el proceso electoral ecuatoriano y el derrumbe de la narrativa correísta, es que ya no podemos seguir evadiendo y tergiversando. Si la izquierda latinoamericana no enfrenta con un mínimo de humildad e honestidad intelectual el balance real y contrastado de las experiencias de las últimas dos décadas para poder reconstruir un proyecto creíble y movilizador, es muy probable que se encuentre frente a sus sociedades en la situación de desmoralización y parálisis descrita de forma inquietante por un chiste soviético de principios de los años noventa. En esta historieta aleccionadora, dos miembros de base del Partido Comunista Soviético, Iván y Boris, se encuentran en la calle, y Boris le confiesa así su consternación a su compañero: “Iván, estamos realmente jodidos: fíjate que acabo de enterarme que todo lo que nos dijeron sobre las bondades del socialismo era falso, y todo lo que nos dijeron sobre las maldades del capitalismo era cierto.”