3

Você dorme, senhor presidente?

Apresentação

techo de la ballena
tierra del cisne
camino de las velas
campo del viking
prado de la gaviota
cadena de las islas

Literaturas Germanicas Medievales, Jorge Luis Borges

Baleia atacando (1598)

¿Duerme usted, señor presidente?, do venezuelano Caupolicán Ovalles, foi o primeiro livro publicado pelas Ediciones del Techo de la Ballena, em 1º de maio de 1962, em Caracas. Contou com o prólogo Investigación de las basuras de Adriano González León e ilustrações de Daniel González, Gabriel Morera e Carlos Contramestre, além de gravuras extraídas dos livros Le Miroir de la Magie e Les Arts Fantastiques.

Techo de la ballena, grupo formado por artistas e escritores, atuou entre 1961 e 1967, através de exposições e publicações. Conformou-se a partir da dissolução do grupo heterogêneo em torno da revista Sardio, que atuou desde 1958 — um pouco depois de terminada a ditadura de Marcos Pérez Jiménez — até 1960, quando uma ruptura ideológica em relação aos acontecimentos da revolução cubana levou os integrantes que sonhavam com ações revolucionárias a publicar uma nova revista, Rayado sobre el Techo, além de soltarem um manifesto no último número da Sardio, explicitando suas intenções artísticas e políticas.

Os poemas sarcásticos: “El presidente”, “Muy triste, muy triste”, “Si em vez de dormir…”, e, “¿Duerme usted, señor presidente”, atentam contra a figura do presidente venezuelano de então, Rómulo Betancourt, e a sua publicação levou ao exílio de Ovalles na Colômbia e à prisão de González León, além da retirada de circulação dos exemplares distribuídos. O recém-inaugurado período democrático posterior à ditadura continuou a perseguir muitas manifestações de esquerda, corroborando o conteúdo crítico ácido presente na escrita de Caupolicán ao descrever o representante máximo da nação.

Você dorme, senhor presidente? foi traduzido no início de 2019, primeiros meses de Jair Bolsonaro frente ao governo brasileiro e de Ivan Duque frente ao governo colombiano. Período de Nicolás Maduro como presidente da Venezuela, no poder desde 2013. As escolhas tradutórias usam palavras que poderiam descrever algo de cada uma dessas pessoas e suas gestões burlescas à frente de seus respectivos países, na tentativa de manter o tom cáustico do poema de Ovalles. A leitura desse poema por Marcelo Zoppi como uma sentença, dada aos presidentes presentes.

— Wallace V. Masuko


Você dorme, senhor presidente?

Leitura em português por Marcelo Zoppi.

▶︎
00:00

¿Duerme usted, señor presidente?

El presidente

O marquês com traje de laboratório (1726), Wilhelm Koning

EL PRESIDENTE vive gozando en su palacio;
come más que todos los nacionales juntos
y engorda menos
         por ser elegante y traidor.
Sus muelas están en perfectas condiciones;
no obstante, una úlcera
le come la parte bondadosa del
corazón
y por eso sonríe cuando duerme.
Como es elegido a voluntad de todos
los mayoritarios dueños de inmensas riquezas
         es un perro que manda,
         es un perro que obedece a sus amos,
         es un perro que menea la cola,
         es un perro que besa las botas
y ruñe los huesos que le tira cualquiera
         de caché.
Su barriga y su pensamiento
es lo que llaman water de urgencia.
Por su boca
         corren las aguas malas
de todas las ciudades.
Con sus manos destripa virgos
         y
como una vieja puta
es débil
y orgulloso de sus coqueterías.
         Se cree el más joven
y es un asesino de cuidado.
Nadie podría decir
cuál es su gesto de hombre amado,
porque todos escupen su signo
y le dicen cuando pasa:
«Ahí va la mierda más coqueta».
         Cuando
se apaga la luz,
                        el teléfono,
                                            el gas,
y el agua,
         como un recién-nacido,
entre cuidados y muelles de colchones,
         la vieja zorra duerme.
Nada le hace despertar.
EL PRESIDENTE vive gozando en su palacio.


Muy triste, muy triste

Homens com cabeça de cavalo (séc. XVII), Gioseffo Petrucci

Cuando llega EL PRESIDENTE dice:
«Aduladme, que estoy triste.
Buscad a ese guitarrista que me compone
los nervios.
         Es que estoy muy triste».
El Mandarín se retira
a sus habitaciones interiores diciendo:
Muy triste,
muy triste.
Y se agarra la oreja
y dice:
         Muy triste,
         muy triste.
                     Y se agarra la barriga
y piensa
         en la tristeza.
Se pasa el pañuelo
por la frente
y dice:
«Todos dicen que es mentira que los
quiero».
Cuando está con su amigo El Yanqui,
         dentro de su gran gozo,
se le rebrotan los labios,
siente escalofríos de emoción.
Se le nubla la vista
y se siente con deseos de amor,

muy triste,

muy triste.


Si en vez de dormir

Gato, deliciosos pedacinhos para os habitantes (séc. XVII), Athanasius Kircher

Si en vez de dormir
         bailara tango
                     con sus ministros
         y sus jefes de amor
nosotros podríamos
oír
         de noche en noche
su taconeo
de archiduque
o duquesa.
Podríamos reír
sólo de verle,
ridículo como es,
esperar los aplausos
de toda la gendarmería
frenética.
Claro que uno está cansado
y quiere un poco de diversión
         monstruosa,
como ésta
         de verle
con la lira en el cuello
         colgada,
como un romano
o como una romana
ciega de absurdas creencias geniales.
Si en vez de prometer
el descubrimiento de la piedra
                                            filosofal
que ha de producir pan
                                y billetes de veinte
se dedicara,
por lo soberbio que es,
a vender patatas podridas
o maíz rancio,
los indios de esta nación
le llamarían
         Cacique Ojo de Perla.



Si en vez de llorar
te murieses un día de estos,
         como una puerca elegante con sus grasas
importadas del Norte,
nosotros,
que estamos cansados
                                de tanta estúpida confesión,
pondríamos a bailar las piedras
y los árboles darían frutos manufacturados.

         Con tu vieja y putrefacta osamenta,
alimento de ratas,
llenaremos un solo lugar de esta tierra
y la llamaremos
                     la Cueva Maldita
y será proscrita de ver
y de acercarse a ella
por temor a despertar tus histéricas
                                            ternuras.

Te llaman
José el de los sueños,
el de las vacas sagradas,
el dueño de las vacas más flacas
         y
Presidente de la «Sociedad Condal del Sueño».
Tus amigos te llaman
                                Barbitúrico.
¿Hasta cuándo duerme usted, señor Presidente?
Si adora la vaca,
                     ¡duerme!
Si al becerro adora,
                     ¡duerme!
Y si el General le da su almuerzo,
duerme como una lirona
o le da una pataleta de sueño.
Cara de Barro,
Ojo para ver las Serpientes
                                            y llamarlas,
Ojo para hacer compañía
y quemarte
con el humilde Kerosene,
Ojo para tenerse a mi servicio
como mozo de alcoba
                              barato.

¿Duerme usted, señor Presidente?
         Le pregunto por ser joven apuesto
         y no como usted, señor de la siesta.

Ojo de barro y Water de Urgencia.


¿Duerme usted, señor presidente?

Os tormentos do inferno, Le grand kalendrier… (séc. XVI), Des Bergiers, Troyes

Yo, Poeta-Hostias, quinto descendiente de Achab,
con domicilio conocido:
         Techo de la Ballena
de esta ciudad,
llamada cárcel
                     en lenguaje de los hijos del Magma
y amada por mí
alzo el cesto de mi vida
                                por encima de Punta del Este
y comienzo a reír
                           por la mañana y la noche
como un hijo de barrio.
         Río en Vista Triste
y sus moradores,
todos dueños de grandes riquezas,
me aturden el entendimiento
y me rodean el cuello
de mil leyendas espantosas,
                   y me toman de la mano
para indicarme el camino
                     que habremos de seguir
después de la batalla,
en la cual
         Yo, Poeta-Hostias,
de veinticinco años de edad
y abogado sin ejercicio,
                  andaré en mi caballo rojo,
         temido y elegante.
Mi caballo de nombre secreto
para tenerle libre de apremio o
detención,
pues
en esta ciudad,
que yo beso con mis labios
de hermano de una sola mujer,
         todo hay que tenerlo
                     al cuidado de los peores peligros
                                y acechanzas
de un reino de hombres y mujeres
que nada respetan
y todo destruyen
                                al primer golpe de vista.
Con mi caballo
yo andaré pisoteando calaveras
en mi ciudad
rodeada por murallas blancas
muy bien custodiadas
y con su sello de sangre
                     que haremos desaparecer.


En Vista Triste
me conocen a mí
y a mis tres hermanos
de padre y madre
con un vistoso porvenir.
Nos juntamos todos alrededor
de la choza más pobre.
Soy pintor informalista

y poeta que sale en la prensa
cuando las máquinas duermen.
Ando en mi ciudad,
en mi cárcel ando yo,
                                joven padre prófugo
en huida constante,
no temiendo
                     al viento
                     ni al cielo
ni hurgando sus casas desoladas,
pero sí ando o marcho
preguntando
en dónde está
el animal del sueño
que engendra tradiciones
y crímenes
                                            sin temor
a las bellas estaciones del año,
porque quiero conocerlo
de frente
yo
con mis huestes
y ella
con sus yanquis
         atormentados por un insaciable
                     amor
por esta tierra
o por esta ciudad,
enamorados
y amadores del Rey del Sueño,
venido
de                                         Nueva York
con partida de nacimiento
                                            en Cincinnati o en Ohio,
que se pronuncia Ojayo,
o
lo que es lo mismo,
un monarca de cara de piedra
y manos de costurera trágica
                     como una puta vieja,
débil
histérica,
de piernas hermosísimas,
como el carro de guerra
que mató a
Abraham,
gran cabrón
y aliado occidental,
dueño de medio país
como las putas de Calígula
en tiempo del Rey de New York,
buscando amuletos
y pócimas
que regalar
a todos mis hermanos,
hijos de negros y de zambos
como Yo,
         Poeta-Hostias,
aguardientoso
y madrugador,
         pero que piensa
de un solo carajazo
derribar
a la vieja alimaña
de su trono,

con una ballena en mi pecho,

ella pariendo sus hijos
y alimentándolos yo
del hambre que tengo,
pienso,
creo que debo
batallar
por conocer verdades
que parecen ocultas.

Yo, que pinto con tierra,
esputos, cal y abestina
cuando hay los bolívares,
sé también trabajar
con la pluma del océano
más peligroso.
No ando con empleados
                     de la adulación
                                y del desastre,
me encargo de ayudar
a los que me da la gana,
por intereses que manda
mi única doctrina,
mi única ley.
No le soporto la injuria
a ningún infamado
         epílogo de personajes
oficiales,
como el sistema métrico decimal,
que de nada sirve
cuando todo se importa
y nada se produce,
                                y ésta es mi gran ley económica,
todo mi conocimiento de gran
         ignorante,
pues sólo sé que vendrán
días mejores
en los cuales
tendré
el saber
que asusta y hace llorar
a más de un perro emboscado
que tiene
esta cárcel,
este país.

Yo,
         nacido en 1936,
pues tengo
         veinticinco años,
pregunto
         sin respaldo de Constitución
alguna:
                     ¿en dónde está la mosca
                     que tanto hace
                     dormir
                     a El Presidente?
         ¿en dónde la alimentan?
Y si no es en los “Estados Unidos
para la Explotación
de los indios y plebeyos
del Sur”,
que vengan
                      los heroicos
amigos del
                     Techo de la Ballena,
moradores de Vista Triste,
a sacarme la lengua
para freírla delante de
Mí,
¡hombre equivocado!

Yo, Poeta-Hostias,
 de pocos billetes en el bolsillo,
                                de mucho corazón,
creo no equivocarme
y
pregunto:

                     ¿Duerme usted?
                     ¡Viejo señor!
                     ¡Viejo electo!
                     ¡Viejo magnificente Pontífice!

         ¿Duerme usted?
         ¡Joven financista!
         ¡Banquero genial!
         ¿duerme?

Cansado de escribir necedades
durante once años,
buscando
no sé qué hermosas combinaciones
de frases y palabras,
ahora sólo quiero
tener una respuesta
a mis preguntas,
                                en el término de la distancia,
del Gran Imbécil
o de sus Hijos Putativos
o Putos.

Yo, descendiente de Achab
y ciudadano
         que ama su ciudad,
puedo preguntar,
                     tengo el derecho
                     por la Constitución
         de mis actos y de mi fe
         de hombres de mar,
tengo el derecho,
         digo,
de preguntar
                     en dónde está el monstruo
                     que ocasiona
                     tanto dolor,
                     tanta humillación,
porque tengo el mandato
escrito en piedra
de
acabar con él
o de refugiarme a
                     buscarle la solución
                     más inmediata
y duradera.

Yo, Poeta-Hostias,
amo a mi ciudad.
Vivo con una sola fe
y con un solo propósito
de conocimiento
quizás
de mala fe
o de ignorancia
                     como pueda protestar
                     mucha mierda emboscada.
Quiero saber
         ¿por qué usted,
vieja osamenta,
         sólo puede dormir?

Techo de la Ballena,
atendiendo la visita del
Astronauta,
de domicilio conocido
también,
amigo de Vista Triste
y un gran señor
amigo y poeta.


Yo, Viejo Achab, llamado
Hostias,
de
veinte y tantos años
de edad,
         Protesto
con mi voz,
         Protesto
con esta pluma
que me dieron
para que la respetara
e hiciese respetar.

Estoy libre de riquezas
                                y de libertad,
pero tengo una ballena en mi pecho
y un código
que respeto y defiendo
de los Reyes y de las Reinas,
Archiduques o Condes,
bailadores y comedores
de una misma mesa.

                     “Si en vez de hablar tanto
                     bailaran
                     la chanza de la muerte,
                     viviríamos felices”.

No obstante,
lograremos derribar al enemigo
         con sus Embajadores
                     y sus dientes perfectos
         y sus achaques
y sus viejas prostitutas
débiles,
viudas de un cataclismo
que lograremos ver.


Yo, Poeta-Hostias,
pregunto:
¿Usted duerme, señor?

Techo de la Ballena
Estación Televisora Mundial.

— Caracas, año 62.

Investigação dos lixos

Ediciones del techo de la ballena

Existe uma possibilidade fulminante que justifica o ato de escrever. É um propósito hormonal afiado que despedaça todas as placas gordurosas da literatura, porque retira sua matéria das profundezas viscerais, tão vilipendiadas, de onde temos certeza que brota uma possibilidade de ressurreição. Poucos poderiam discutir isso, de qualquer modo, já que o acesso a esses lugares baixos em trajes experimentais é limitado e existe o medo de que a verdade retorne como um mau cheiro e toda sua gloriosa pestilência inunde várias léguas ao redor povoadas por imbecilidade cívica e poética cidadã. Ou ainda mais, de uma poética metafísica, tão perfumada com malabarismos como qualquer soneto de aniversário ou post-mortem, coxa, repleta de impotência, cem graus abaixo de qualquer possibilidade testicular ou beatamente lançada em uma corrida de revezamento para não ver a lebre-vagina, que, neste caso, vem atrás, invertendo a ordem das corridas de cachorros que, afinal de contas, são infinitamente radiosas ao lado das maratonas literárias. Até agora, têm-se escrito segundo a ordem dos regulamentos santificados, por ânsia de transcendência, compromisso social, necessidade ôntica ou investigação filológica. Há quem fale de uma busca de Deus, pedantemente improvisado na cabeça de Santo Anselmo. Ou quem, mais audacioso, embarca o nada em seu jogo de dominó e se disfarça de papa-léguas do “existencial profundo”. E quando se joga no centro, nasce uma ascética da palavra, metade cabeça de Santo Anselmo, metade cena dupla de antologia: postura híbrida que quando chega a se diferenciar, solta os vocábulos como elegantes bandejas vazias.

Mas, de repente, descobrimos que alguém, “cansado de escrever bobagens durante onze anos — procurando por não sei que belas combinações de frases e palavras” — tenta se justificar em territórios menos conhecidos. Ainda que a justificação signifique entrar na série, implica pelo menos a segurança de nos oferecer, por enquanto, um novo fôlego que amanhã eles já poderão codificar. Sobretudo, trata-se de uma rejeição definitiva da cadeia poética, enquanto afirma, não um direito a dizer, e sim uma possibilidade de maldizer, MALDIZER! Costume angelical, velho como o primeiro colapso produzido pela revolta de um antigo líder celestial chamado Luzbel, continuado por profetas mal-humorados e poetas antitudo, e, no entanto, selvagemente desconsiderado pelos eternos cortesãos do bom senso, da inteligência e de estar sempre “por cima” ou “em regresso”. E é preciso dizê-lo de uma vez por todas: sim, muito se vociferou, não há nada de novo na vontade difamatória, mas ninguém pode negar que muitos, enquanto preparam sua carreira de funcionários do Estado ou da Poesia, têm seus ouvidos tapados com música de aldeia, que seguramente ninguém lhes doou, ou de desprezo burguês, que basta ser burguês para anular sua possibilidade de competitividade. Continuar a manusear palavrões é, pelo menos, mais saudável do que qualquer alimento retórico. E diante deste dilema, há um certo setor alerta que prefere a soez purificadora ao beato purificado, seja este mostrado como fervor da linguagem, da serenidade professoral ou da explicação da sociedade. E não porque se queira ameaçar o burguês com o Coco, mas porque se trata de uma obrigação pessoal produzida nos fundos viscerais indicados, e isto está fora de qualquer discussão. No entanto, ainda está por provar se o apelo imposto ao gênero humano por Rabelais esvaziou seu conteúdo. Ainda se pode perguntar se os cavalheiros bem apessoados, de bom senso e inteligência, os sacerdotes do verbo, os professores honrados ou os revolucionários de pantufas e piquenique dominical, podem demonstrar que as causas que originaram a aliança de Isidore Ducasse desapareceram: “EU FIZ UM PACTO COM A PROSTITUIÇÃO A FIM DE SEMEAR A DESORDEM ENTRE AS BOAS FAMÍLIAS”. Naturalmente que eles, disfarçando sua condição de filhos de boas famílias, porque também existem boas famílias poéticas e boas famílias políticas, assumirão a condição extremamente fácil de quem olha para as coisas objetivamente. E quem olha assim não disfruta das coisas, pois é apenas uma coisa a mais.

Vale a pena insistir na proposição galantemente absurda de Caupolicán Ovalles de que é o cansaço que o leva à ação. Ideia sobressaltada, de certa forma na linha daquele famoso poeta assassino Pierre-François Lacenaire, executado em 1836, que justificou a sua necessidade de viver, se exercendo como teórico do direito de matar, “meditando propósitos sinistros contra a sociedade”. E um pouco também em sintonia com essa moral do imoral de Thomas de Quincey, que afirmava, enquanto consumia suas rações de ópio: “Geralmente, os indivíduos que provocaram meu descontentamento neste mundo têm sido pessoas florescentes e de boa reputação. E quanto aos velhacos que conheci, e não foram poucos, penso neles, em todos, sem exceção, com prazer e benevolência”. Em tal ordem de inversões funciona este livro, inusitadamente viciado no desafio, aproveitando a matéria até agora denominada “não poética”, em uma virada decididamente singular, pois há um cansaço quando se descobre a ineficiência da palavra tradicional, o inoportuno do exercício culto, a triste invalidez do literário quando “se agrava a doença de viver”. “se agrava a doença de viver”. Alguns optaram pelo silêncio. Outros falaram, como Robert Desnos, que, para ampliar a fecundante virtude de seus fantasmas, escreveu em uma gíria contra os nazistas, até ser arrebentado no campo de Terezin.

No caso de Caupolicán Ovalles, além do cansaço verbal, existem outras razões de incômodo, muito concretas, muito evidentes em nosso tempo até mesmo para o olho menos alerta, que o arrastam ao abandono de toda a preocupação correta e normal com a linguagem. Mas é necessário advertir que sua atividade vigilante, quase que como por instinto, o protege da demagogia fácil derramada através de certa poesia chamada social, onde o subversivo perde força devido à manipulação de todos os lugares comuns da ordem burguesa que se pretende minar. Além disso, há uma certeza: este livro não conduz aos prêmios da revolução, nem a convites para viagens, nem às mesas dos "rebeldes" com palácios e faixas de exaltadores. Há aqui uma virilidade pura e desinteressada, fato rotundo contra o qual todas as acusações dos aficionados do cartaz ou todas as especulações sobre uma suposta profundidade do formal colidem. É aproximar-se de certa forma do reflexo glandular, não totalmente investigado, que proveu Rimbaud com suprimentos, que mijava em direção ao céu “pela honra e prazer dos altos heliotropos”. E talvez levou ao grito de Artaud: “Ó papa abjeto, papa alheio à substância da alma, deixe-nos nadar em nossos corpos; não necessitamos da sua faca de claridades”. Porque — para levar em conta uma última testemunha — “não adianta nada pôr luvas de borracha”, segundo a afirmação de Henry Miller. “Tudo o que pode ser frio e intelectualmente manipulado pertence à carapaça, e um homem com ânsia de criar sempre procura abaixo, na ferida aberta, no horror obsceno e ulceroso. Conecta seu dínamo às partes mais tenras; se nada sai além de sangue e pus, já é algo”.

Caupolicán Ovalles, com um sentido de provocação agudo, propõe neste livro uma continuidade deste exercício de desaforo como um instrumento de investigação humana. Mas ele acrescenta algo mais, ou muito mais, como a evidência de que ele encara uma expressão que não tem nada em comum com as razões aduzidas até agora para legitimar o ato de escrever. Trata-se de uma poesia que se dá como uma necessidade cotidiana, sem preparativos, regozijos ou perturbações da existência. Se dá assim, simples, desonestamente poética, como quem se dispõe a ingerir alimentos ou defecar. Elemento curioso este da eficácia expressiva, mas menos aleatório e escorregadio do que procurar possíveis ligações entre palavras nuas ou a petulância vazia dos realismos oferecidos até agora. Há uma mecânica na execução poética que descobre, a golpes de força bruta, por paradoxo, a aplicação inteligente dos lixos obtidos em qualquer investigação sensível. É desta aglomeração de resíduos, impossível de admitir a um olfato comum, de onde partem certos ares, sem cuja presença é impossível ter uma abordagem válida do que se costuma chamar de homem. O risco, ao contrário de todas as prescrições sanitárias, consiste em não se contaminar. E quem o assumir por amor ao vírus, com decisão e audácia, verá elevar-se, nos confins da noite, uma exaltante sucessão de fogos fátuos.